horas en aeropuertos


En las pantallas, hace rato que el vuelo 2531 sigue apareciendo como "delayed". Y sin embargo, la gente –mucha gente– está parada haciendo cola delante del gate 5 como si el vuelo fuera a salir sin avisar y los fuera a dejar en Córdoba. Pasa siempre.
Estoy sentado, tratando de seguir con un libro –Agosto, de Romina Paula–, pero estas demasiadas horas ya de estar en espera en aeropuertos –aunque, en realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer en un aeropuerto que no sea esperar?– me terminan ganando y no puedo dejar de mirar cómo se mueve la gente acá, de este lado, esperando un vuelo que nunca, eso parece, se mueve en las pantallas. Cierro el libro.
Vuelvo al miércoles, dos días antes.
Casi las seis de la mañana en Aeroparque. Hay niebla en Córdoba, supongo, y por eso el vuelo está demorado. No nos dicen nada, de todos modos. Evito los desayunos de más de 50 pesos y me siento a leer. Una, dos, tres horas después, no sé, embarcamos. Miro el reloj. Todavía podría estar durmiendo calentito en mi cama. Pero estoy subiéndome a un avión –o, mejor dicho, a un micro que me lleva a un avión porque, Murphy's Law o la ley del menor costo, nunca nos toca un avión al que se embarque por manga y entonces, ahí vamos, de paseo en micro por el Aeroparque.
Vuelo tranquilo, asiento 24B, pasillo. Jugo de naranja, una cajita con un budín, una barrita de cereales y un caramelo de dulce de leche. Ya debemos estar por llegar. Voz del piloto que nos dice que no, que sigue habiendo mal tiempo en Córdoba y que nos desviamos a Mendoza y ahí vamos a esperar para volver a intentar llegar a Córdoba. Murmullo y mal humor entre los pasajeros. Voz del piloto corrije la información y dice que, no, Mendoza mejor no, mejor volvamos, digo, por si acaso en Mendoza también hubiera mal tiempo o algo. De vuelta para Buenos Aires, entonces.
No hay cajita feliz ni caramelos en el viaje de ¿vuelta? pero aterrizamos en Buenos Aires, cuatro horas después de la hora en que deberíamos haber aterrizado en Córdoba. Se prende el cartelito de abrocharse los cinturones. Altavoz. Esperamos hayan tenido un vuelo placentero. Bienvenidos a Buenos Aires. Esperamos recibirlos nuevamente a bordo. Gracias por elegir Aerolíneas.
La gente sonríe. Y aplaude.
Ya abajo, trato de abrirme paso entre los demás pasajeros que, como yo, tratan de saber qué va a pasar con el vuelo. O los vuelos. Un par de empleados de Aerolíneas tratan de explicar cosas a pasajeros de tres o cuatro vuelos demorados, suspendidos, reprogramados. Logro cambiar mi pasaje para dos días después. Y llego a casa para almorzar.
Viernes, dos días después. Otra vez el vuelo sale tarde de la madrugada de Aeroparque. Dejá vu. Otra vez cajita con budín, barrita y caramelo. Esta vez, sí logramos aterrizar en Córdoba.
Día de trabajo, visita a viejos conocidos, y horas después, la vuelta. Y ahí estoy, mirando la pantalla que dice "delayed". Cambiaron el diseño que les hicimos a las pantallas hace años. Se lee menos y los logos de las líneas aéreas están más chicos. Muchas cosas cambiaron en estos aeropuertos estos años, desde que ya no estoy ahí y ahora que sólo estoy ahí como pasajero.
La gente, no, no cambió. Sigue haciendo cola para subirse a un avión con los asientos ya ubicados. Sigue queriendo embarcar antes que el resto. Sigue con miedo a que el vuelo salga sin ellos. Sigue prefieriendo estar amontonada adelante del gate 5.
Trato de volver a leer, sentado en un asiento algo incómodo –por lo menos, cuando ya hace más de una hora que estás ahí sentado. Cuatro o cinco páginas y ahí sí, pasajeros del vuelo 2531, los invitamos a embarcar por la puerta 5.
Ahí vamos, de nuevo. La cajita, ahora, viene con un rico sandwich de jamón y queso y me pido una cerveza que no está muy fría, pero sirve.
Ahora sí, bienvenidos a Buenos Aires.

loving chan


Salimos del teatro con ganas de más. Salimos del teatro con ganas de escuchar a Janis, a Hendrix, a los Creedence, a Dylan, a Patsy Cline, a Aretha, a Wilson Pickett, a Otis. Salimos del teatro con ganas de música. Salimos del teatro con ganas de seguir escuchándola a ella. Más.
Y, antes, sí, estamos ahí disfrutándolo como se disfrutan las cosas cuando estás con ganas de que no terminen nunca.

little mensaje


Y, sí, pueden ser tres pedacitos de papel que le sobraron de algún recorte y ella puso en la ventana, acá adelante –pero, obvio, son muchísimo más también.

mayo


"(...) ¿Qué juramos, el 25 de mayo de 1810, arrodillados en el piso de ladrillos del Cabildo? ¿Qué juramos, arrodillados en el piso de ladrillos de la sala capitular del Cabildo, las cabezas gachas, la mano de uno sobre el hombro de otro? ¿Qué juré yo, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, la mano en el hombro de Saavedra, y la mano de Saavedra sobre los Evangelios, y los Evangelios sobre un sitial cubierto por un mantel blanco y espeso? ¿Qué juré yo, ese día oscuro y ventoso, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, la chaqueta abrochada y la cabeza gacha, y bajo la chaqueta abrochada, dos pistolas cargadas? ¿Qué juré yo, de rodillas sobre los ladrillos del piso de la sala capitular del Cabildo, a la luz de velones y candiles, la mano sobre el hombro de Saavedra, la chaqueta abrochada, las pistolas cargadas bajo la chaqueta abrochada, la mano de Belgrano sobre mi hombro?
¿Qué juramos Saavedra, Belgrano, yo, Paso y Moreno, Moreno, allá, el último de la fila viboreante de hombres arrodillados en el piso de ladrillos de la sala capitular del Cabildo, la mano de Moreno, pequeña, pálida, de niño, sobre el hombro de Paso, la cara lunar, blanca, fosforecente, caída sobre el pecho, las pistolas cargadas en los bolsillos de su chaqueta, inmóvil como un ídolo, lejos de la luz de velones y candiles, lejos de crucifijo y los Santos Evangelios que reposaban sobre el sitial guarnecido por un mantel blanco y espeso? ¿Qué juró Moreno, allí, el último en la fila viboreante de hombres arrodillados, Moreno, que estuvo, frío e indomable, detrás de French y Beruti, y los llevó, insomnes, con su voz suave, apenas un silbido filoso y continuo, a un mundo de sueño, y French y Beruti, que ya no descenderían de ese mundo de sueño, armaron a los que, apostados frente al Cabildo, esperaron, como nosotros, los arrodillados, el contragolpe monárquico para aplastarlo o morir en el entrevero?
¿Qué juramos allí, en el Cabildo, de rodillas, ese día oscuro y otoñal de mayo? ¿Qué juró Saavedra? ¿Qué Belgrano, mi primo? ¿Y qué el doctor Moreno, que me dijo rezo a Dios para que a usted, Castelli, y a mí, la muerte nos sorprenda jóvenes?
¿Juré, yo, morir joven? ¿Y a quién juré morir joven? ¿ Y por qué? (...)"

Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno

volver a ese lugar


My blueberry nights. Pequeña escena, pero muy linda.
Jeremy le pregunta a Katya –el personaje de Chan Marshall– para qué volvió. “Supongo que quería ver si podía recordar lo que sentía”, le responde.
Y entonces, la semana que viene, vamos a volver a verla a ella para ver si podemos sentir y recordar lo que sentíamos hace unos meses cuando ella ya nos cantó.

eye-catching


Subte, mediodía, estación Tribunales. Hace mucho que no viajo en subte, pienso. Mientras espero a que llegue, miro el kiosco de revistas: revistas de derecho, de psicología, diarios, Billiken, Rolling Stone, Inrockuptibles y, después, la tanda de Playboy, H, Maxim, etc.
Están puestos, juntos, los dos últimos números de H y en las dos tapas está esta Pamela Sosa. En una ella sola, en la otra con otra mina.
Deformación profesional: en vez de ver las minas medio en bolas, me fijo en que para las dos tapas usaron la misma foto, espejada y con mal Photoshop.

niños del hotel chelsea


Es linda la sensación cuando uno está leyendo un libro que le gusta. Es lindo, sí, pero es, al mismo tiempo, un poco angustiante –no sé, saber que se va a terminar, supongo–. Me pasa cuando el libro es, además, un lindo objeto, lindo papel, buena impresión, pero sobre todo, desde ya, cuando me atrapa lo que estoy leyendo. No puedo parar de leer, quiero ver como sigue, a dónde me lleva, pero quiero que dure, que no haya un the end ahí cerca.
Hacía tiempo que no me pasaba. Y, curiosamente o no, la última vez fue con otro libro que tiene muchísimas cosas en común con este: el Chronicles, Volume One de Bob Dylan –dos memorias, de dos músicos, los dos hablan de New York, los dos libros los compré en New York, los dos tienen un tono similar, los dos te dan ganas de ir y escuchar más discos, y los dos dan ganas de que no se terminen.
Just Kids, de Patti Smith, es la historia de la relación –de amor, de amistad, de admiración, de conexión– entre ella y Robert Mapplethorpe.
Aunque cuenta algo de cuando ellos eran chicos, la historia empieza en serio cuando ellos se conocen, en NY en el 67, y termina a fines de los setenta, en el momento en que los dos, de alguna manera, empiezan a llegar a ser alguien. Después, sí, están los saltos en el tiempo, al principio y al final del libro, a los últimos días de Mapplethorpe y a las despedidas y al final.
Y el libro, además de ser el relato de esos años, además de ser una suerte de homenaje de ella a Mapplethorpe como amigo y como artista, es una muy buena pintura de la Nueva York de fines de los 60s y principios de los 70s –y sobre todo de esa Nueva York que orbitaba alrededor del Hotel Chelsea, el Max's Kansas City –o, mejor dicho, a la mesa de Warhol en el Max's Kansas City–, el CBGB, la calle 42 –y la calle 42 de las putas y los dealers y los travestis y los borrachos, no la calle 42 de GAP y el Disney Store– y los departamentos semivacíos del East Village o el Lower East Side, una Nueva York donde uno desayunaba en el Hotel Chelsea a dos mesas de Jimi Hendrix y se cruzaba en el lobby con los Jefferson Airplane o le servía un vaso de Southern Confort a Janis Joplin o le pedía a Allen Ginsberg que le compre un muffin.
Como me pasa siempre con las memorias o biografías, hay un momento en el libro –y generalmente está en esa parte en que ya doblamos la esquina y no queremos que se termine– en que llegamos a ese instante definitorio: en Just Kids, es la página 248 –Patti Smith ya armó su grupo, toca en el Village días antes de grabar su primer disco y, esa noche, entre el público está él, Bob Dylan. La electricidad en el aire de esa noche, sí, lo sé, se siente cuando leemos esa página del libro.
Creo que esa es una de las razones por las que me gusta leer sobre los escritores o músicos que me gustan. Me di cuenta, hace ya mucho, que después de eso, puedo disfrutar las cosas en dos niveles –uno casi primario, más por la piel, la primera impresión, las reacciones naturales, y otro al que llegamos cuando entendemos, claro, por qué cada cosa va en su lugar en esta historia–. Lo bueno, en todo caso, es poder ir pasando de un nivel al otro, ida y vuelta, y poder disfrutar las dos cosas. Está bueno, sí, volver a escuchar Blonde on blonde como la primera vez y está bueno saber quién es la rubia detrás de Just like a woman y Leopard-skin pill-box hat.
Miro la biblioteca ahora y trato de encontrar entre los colores las distintas biografías que leí en los últimos años. Hay una de Dylan –además de Chronicles–, una de Jack Kerouac –aunque, en realidad, supongo que todos los libros de Kerouac arman una gran autobiografía–, un par más de los escritores de la generación beat –Minor characters, de Joyce Johnson, y Off the road, de Carolyn Cassidy, dos mujeres que fueron, de alguna manera, personajes secundarios o personajes al costado de la ruta de esa generación–, un par de los Beatles, una muy buena de Kurt Cobain, una bastante mala de Edie Sedgwick y debe haber más. Y ahora, entre los libros violetas, está este libro lindísimo de Patti Smith.
Supongo que lo que pasa cuando leo estos libros es que quiero ir y leer los libros o escuchar los discos de los que hablan. Ahora quiero ver fotos de Mapplethorpe –y justo leo que va a haber una muestra de sus fotos en el Malba, este invierno– y poner todos los discos de Patti Smith que tengo, empezando por el primero, ese que estaba por grabar en la página 248 del libro y que hizo que las cosas, después, no fueran lo mismo.
Supongo que eso pasa, en cierta forma, con todos los discos y libros que nos cruzamos.

de goles y un chico de veintidos años que es el mejor del mundo


Basta. Basta de criticarlo porque no juega igual en la Selección que en el Barcelona. Basta de compararlo con Diego. Basta de decir que "no siente la camiseta". Basta de decir que se aburre. Basta de apuntarle porque gritó un gol contra un equipo argentino. Basta de decir "je, lo quiero ver en el Mundial, ahí lo quiero ver". Basta.
¿No es más fácil disfrutarlo? ¿No es más fácil sentarse y ver lo mejor que se puede ver hoy en el futbol mundial? No sólo es más fácil. Es muchísimo más interesante. Es muchísimo más lindo.
Y no lo digo porque sea argentino –ahí él es nuestro–. No lo digo porque juegue en el Barça –mi segundo equipo, gracias a esa herencia que me puso una camiseta roja, sí, pero me dejó un lugar reservado para la blaugrana–. Lo digo porque –tal vez, justamente, por ser hincha de Independiente y el Barcelona y no creo que sea casualidad– me gusta ver buen futbol.
Y buen futbol, sí, es el que gana. Todos queremos ganar. Pero mucho mejor futbol es el que gana, juega lindo, y tiene un pibe de 22 años que hace de a dos, tres, cuatro goles por partido.
Buen futbol es el que no sólo te hace gritar goles, sino el que te hace decir aahhh.

hoy, viernes


"Jesus died for somebody's sins, but not mine"
Patti Smith, Gloria

orange 021c is the new black


Hubo un tiempo en que usaba el Pantone Orange 021C para casi todo. Era natural, supongo, que nuestros caminos, algún día, se vuelvan a cruzar.

ultima pagina, pagina uno


Terminé un cuaderno más.
Y siempre es una sensación rara estar ya en las últimas páginas de un cuaderno. Casi como que me obligo a escribir más y llenarlas para empezar a escribir en el otro cuaderno que está esperando ahí al lado. Me pasa lo mismo cuando estoy terminando un libro.
A rey muerto, rey puesto.
Y siempre –y creo que es lo mejor– me pongo a leer y releer las cosas que escribí en estos últimos días, semanas, meses. Y, después, siempre, agarro alguno de los otros quince o veinte cuadernos que fui llenando en los últimos –no sé, diez? doce?– años y me pongo a leer.
Y hay cosas que me gustan mucho –que me siguen gustando mucho– y hay cosas ahí que me llevan a muchos lugares, historias, imágenes. Esos cuadernos son, supongo, por eso, viajes.
Y ahora termino otro más y sé que voy a empezar otro.
Y está bueno.
Allá vamos.

ireland's call


Diecisiete de marzo. Por todos lados gente tomando cerveza y whisky. Normal: chocolate en Pascua, turrones en Navidad, alcohol en St.Patrick's.
Me acuerdo, entonces, de una lista que había en el Cafe Vesubio, en San Francisco. Era una suerte de guía del buen comportamiento en un bar. La leí, hace muchos años, una noche mientras me tomaba mi segunda o tercera cerveza, y me acordé ahora. Y entonces voy y busco la lista en alguno de mis viejos cuadernos.
Y leo el punto que dice: "Alguna gente hace idioteces cuando toma alcohol. Deberían tomar solamente en Año Nuevo y en St.Patrick's. Esas son amateur nights, y van a tener mucha compañía."
Hoy, obvio, hay por allí mucho amateur, verde, cerveza y demás. Sería fácil aplicar otra de las leyes del Vesubio, aquella que dice: "El cliente siempre tiene razón. Eso sí, el barman puede decidir si uno sigue siendo cliente."
Pero, bueno, Irlanda llama.
Termina el día, y nos servimos unos whiskies.
Cheers.

musica para mis oidos

Sábado a la noche y hay fiesta en la casa de enfrente. No me molesta la música porque está fuerte –sigo creyendo aquello de if it's too loud, you're too old– pero sí, lo reconozco, me molesta, y mucho, me doy cuenta, que la música sea esa.
Sí, me doy cuenta –oh, you snob– que mi margen de tolerancia es cada vez más cercano al mínimo cuando el reggaeton no me deja escuchar a Patti Smith o seguir viendo tranquilo Point Break por decimonovenamil vez y volver a tener ganas de surfear o armar una fiesta en la playa escuchando Three days de los Jane's Addiction.

combinaciones


Banco de madera gastada. Baldosas dominó-doble-seis. No hay ratas ahora. O no las veo. O están en otra estación. Estoy cantando I'm sticking with you de la Velvet Underground. "But with you by my side I can do anything". Hay tipos sospechosos. Discuten, creo. Anuncian tren Downtown & Brooklyn llegando. Movimiento. Frío afuera. Frío abajo. Susurros. Baldocitas naranjas. Paredes curvas. Bufanda. "They whisper of escapades out on the D train". Dylan y sus Visions of Johanna tan NY y tan su mejor canción. "The ghost of electricity howls in the bones of her face". Tan su mejor línea de todas sus mejores canciones. Ultimas páginas del cuaderno. Lejos. Lejos. Escuché una vez a alguien cantando canciones de Dylan en un pasillo del Subway. Lo escuché un largo rato, lo recuerdo. Y ahí llega el tren. Ahora. Ahí.

borgia cafe revisited


Una mesa cerca de la ventana y hazelnut coffee y velas y la gente pasando y el frío afuera y la gente pasando con sus bufandas y gorros y esta calle que está en muchas de mis fotos sin que yo supiera que era esta calle y revolver el café y sentir que estar ahí es como un viaje al primer viaje y a los demás viajes y es decirse 'acá estoy, una vez más, y vas a volver' y sonreir detrás de la taza humeante, esas tazas pesadas de loza gruesa, porque nos gusta escuchar esas palabras y nos las creemos porque sabemos que no nos mentimos y somos felices por eso.
Y entonces volvemos y vamos a seguir volviendo. A esta ciudad, a esta calle, a este café. A mirarnos detrás de estas humeantes tazas de loza gruesa.

let it snow, let it snow, let it snow


Y hay agua congelada en las alcantarillas y algo de nieve que quedó de la otra mañana y nosecuantos grados bajo cero –ya hace rato que el frío ya es el mismo y dejé de seguirle el rastro al Weather Channel–. Total, que me envuelvo en mi bufanda de colores, mi gorro de lana y toda la ropa que me entre antes de convertirme en esta suerte de muñeco no-articulado, y salimos. Allá, a las calles. Allá, afuera, que es donde está esta ciudad.

i corazon ny


Como Dylan, que al final de Just like Tom Thumb's Blues decide que se vuelve a New York City, acá estamos. Otra vez. Una vez más.
Y ya nunca más voy a decir que puede ser la última.
No. No con New York.

por la panamericana hasta memphis y las vegas


Salimos a la ruta, a pasar el día en las afueras.
Algo para comer, algo para tomar, auto, anteojos de sol.
Y discos.
Y como es 8 de enero, su cumpleaños, son todos discos de Elvis.
Ana, desde ya, hace la selección de discos, de su colección. Uno. Un compilado –Love Songs– que es lindísimo y tiene Are you lonesome tonight y Unchained melody y con eso alcanza. Dos. Una edición especial de un disco de 1970 That's the way it is– con un par de discos extras que es un ideal ejemplo de lo que deben ser las ediciones especiales. Tres. Uno en vivo grabado en el Madison Square Garden en el 72, que le regalé en NY, en nuestro primer viaje.
Genial.
Allá vamos.
Y Elvis, su música, que termina siendo una buena banda de sonido para estar yendo. Y subimos el volumen y van pasando todos los varios Elvis y You don't have to say you love me y I'm all shook up y Teddy bear y Heartbreak hotel y You've lost that loving feeling y Can't help falling in love y cantamos y nos acordamos las letras aunque haga tiempo que no escuchamos las canciones –hay algo de esas cosas que quedan grabadas ahí en nuestra mente desde, parece, siempre– y en el medio están, sí, esos instantes en que nos callamos, nos callamos para escuchar ciertas partes que sólo se pueden escuchar, así, en silencio, así, dejando que esa voz, sólo esa voz, sea el centro del mundo.
Y llegamos.

dos cero diez

Empezamos el año al mediodía. Silencio en las calles y en todas las casas de por acá. Como que todo los sonidos se los gastaron en los cohetes de anoche. Hace calor y escapamos abajo del ventilador de techo que hace un poco de ruido. Desayuno en la cama. Vemos una peli, (500) Days of Summer, linda, nos gusta. Escribimos y mandamos mails a amigos. Hacemos promesas que tal vez este año cumplamos. Pensamos viajes. Imaginamos libros. Soñamos dibujos. Almorzamos escuchando a Elvis y a los Smiths. Todo va bien. El año va bien.
Que siga, entonces.

she's fresh!


Ahí, ella dice que le gustan los libros para chicos de Paul Rand, la Bauhaus, la sala del MoMA donde están los Klimts, los afiches viejos de cine, los títulos de pelis diseñados por Saul Bass, los juguetes viejos, el jazz de los cincuenta, Cat Power.
Y están sus ilus.
Ana está en Communication Arts.
Y es genial. Ella. Y que salga en la revista de diseño más importante del mundo. Esas cosas de sueños hechos realidad y demás.
Una buena manera de cambiar de un año al otro. Y saber, empezar a sentirlo, que el año que viene, sí, va a ser muchísimo mejor.

(la nota está acá)

meet the beetles


Seguimos encontrando cosas extraordinariamente raras y extrañamente hermosas.

tras los muros, oir se dejan

Siguen los martillos, mazas, taladros, radio, moladora. Y tenemos para un tiempo más, creo.
Pero cuando baja el sol, cuando ponemos un lindo disco para escuchar tranquilos, cuando nos preparamos un trago para empezar a terminar el día, cuando todo desacelera, cuando llega ese silencio de estas tardes de verano, sí, los volvemos a oir.
Ahí están ellos.
Ahí están sus voces.
Atravesando las paredes. O el piso, en este caso.
Siempre el mismo tono, se hablen entre ellos o le hablen a la nena o le hablen a la perra. Sea el día que sea, sea la hora que sea.
Esta vez es él, hablándole a la hija y con demasiada voz-de-fin-de-año: "sos una máquina de andar todo el día atrás tuyo".

afiches, parte dos


Ahí están los dos afiches, colgados en una de las paredes del Arts Decoratifs del Louvre.
Y lo seguimos disfrutando.

(acá y acá hay algunas fotos más de las muestras de París y otras ciudades)

cambio climatico

New York, junio de 2006. Llueve durante cuatro o cinco días. Decidimos comprar, finalmente, unos paraguas. Unos lindos paraguas negros por u$s 1,99.
Para de llover.
Buenos Aires, diciembre de 2009. En cualquier momento Crónica ya avisa que estalla el verano. Instalamos un ventilador de techo en la habitación.
Deja de hacer calor.
Una de dos. O somos muy malos y terminamos comprando cosas que no nos van a servir. O estamos pudiendo cambiar el clima.

oh, mon dieu!


Uno diseña por muchos motivos. Pero en una de esas sólo lo hace porque es inevitable, como me decía Ronald Shakespear alguna vez. Así que uno hace lo que tiene que hacer, lo que hace casi como respirar, lo que hace porque no puede hacer otra cosa.
Y cuando te dicen que tu afiche va a estar exhibido en París –en el Louvre!– y en Viena y en Milán y en 20 ciudades más –sí, debe ser el ego– quiero decirles que está muy muy bueno.
El Louvre, el Louvre, el Louvre. Crazy. Nuestros diseños a dos cuadras de la Monalisa.
Nos miramos, lo pensamos unos segundos –lo estamos disfrutando–, y sonreímos.

(Nota: éste afiche y otro más están desde hoy en la muestra 100 Posters por la Libertad de Expresión, que va a estar exhibiéndose simultáneamente en 23 ciudades de todo el mundo, celebrando los 61 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos).

teoria del diseño 2


No harás señales confusas.

dios esta en los detalles


Y como para completar, los objetos, obvio, van ubicados según su color. Con Ana decimos que es una suerte de homenaje al suprematismo ruso y al Blanco sobre blanco de Malevich.
Bueno, para algo sirvieron aquellas mañanas frías de clases de Historia II en Ciudad Universitaria.

she comes in colors everywhere


Bueno, la lista de cosas-por-hacer-este-año ya tiene una línea tachada: la biblioteca está en orden.
Y, como verán, después de descartar el fácil pero aburrido orden alfabético, después de pensar en el orden por temas o autores o estilos –porque ya lo usé para los discos–, después de pasar por el muy High Fidelity orden autobiográfico –porque para encontrar un libro hay que revisitar ciertos pasados y eso no siempre es lo más recomendable–, después del orden darwiniano que tuvieron los libros por dos o tres años, acá estamos: voilà, la biblioteque à couleurs.
Y supongo que en algo de esto hay un link a cuando éramos chicos y nuestra parte de la biblioteca era la amarilla de los libros de la colección Robin Hood. Ya los libros eran colores ahí.
Después, pasé por la línea interminable de libritos blancos de Agatha Christie. Después, los multicolores compactos Anagrama. Y en un momento llegué a los Kerouacs naranjas de Penguin, que empezaron a invadir mis varias bibliotecas en el momento que las bibliotecas se empezaron a poblar en serio. Esos libros naranjas por todos lados.
Y, no, aunque parezca, no es tan difícil encontrar los libros.
Cada uno tuvo su momento y pasó un buen rato en nuestras manos y, estoy seguro, el color de ese libro-objeto quedó grabado en alguna parte. Ana Karenina, blanco. Desayuno en Tiffanys, negro. Her, de Ferlinghetti, es un marroncito-papel-viejo. Los Nueve cuentos de Salinger están entre los rojos oscuros. Y así.
Igual, si un libro se pierde, no importa. Se busca. En el camino, puede ser que nos encontremos, además, con alguna otra cosa más.

la extraña belleza de las cosas feas


Hay cosas extrañas dando vueltas, sí, lo sé.
Y no estoy hablando de cierta gente.

go back to nordelta, plis


Cada vez que estamos por ahí, vamos a comer a este lugar. Ya es una de esas pequeñas costumbres que uno va esperando cuando vuelve a un lugar: comida mexicana ahí, pescados en el otro lugar.
Y siempre, cada vez que vamos, en la mesa de al lado, hay unos de estos personajes que no paran de hablar de lo exitosos que son, de lo mucho que conocen el mundo, de que tal o cual es un hippie porque estudia arte, que tal o cual está gordo y debería darle vergüenza, que la empresa esto, que la Universidad de San Andrés lo otro, que el MBA, que el CASI.
Pará. Venís a un lugar de comida mexicana y con tu tono afectado de shanishidro pedís milanesas con papas fritas –"no, el picante, viste, me cae pesado"– y te reís de que en el menú hay crepas de cajeta.
Igual, a nosotros nos encanta. La comida, el picante, los chilaquiles, los frijoles, las fajitas, obvio.
Y, desde ya, reirnos de lo tarados que son estos sujetos.

libros de viaje

Unos días en la costa. Tranquilidad. Descanso. "Ideal para leer un poco", me digo. Me llevo unos libros, varios, variado, como para elegir con qué empezar.
Y, nada: McEwan, Kawabata, Pamuk y DeLillo que vuelven exactamente así como fueron.
Me está pasando seguido.

salir


Salimos y allá afuera, ya, a sólo unas horas –y disfrutamos esas horas en la ruta, yendo, yendo, yendo– unos días con el silencio y el bosque y el mar y las nubes.
Y volvemos. Volvemos y vamos a volver a salir.
Volvemos para volver a salir.

una de cal, una de arena, una a los gritos


Martillos, mazas, moladoras, maderas, taladros, carretillas, radio AM, el Negro Oro, música silbada. Todo sumado a gritos de él, gritos de ella, gritos de la nena, ladridos de la perra.
Situación hoy, situación esta semana. Y va a seguir.
Me doy cuenta de que esto de vivir a metros de una obra –de una obra en la casa de ellos, además– hace ver los viejos sonidos –el de enfrente lavando el auto y pasando la aspiradora a los asientos, los perros que la de enfrente deja encerrados en el jardín de adelante, la salida de los chicos del jardín de infantes de la vuelta, la cancha de River (cuando River hacía goles, al menos), los loros (Sí, loros. No cotorritas. Loros. Grandes. Gritones. Verdes) que invadieron el barrio, los boy scouts que pasan cantando en filita, el camión de la basura, el karateka que entrena en la terraza de allá atrás, Aeroparque– como música.

pd: Y, no, ya lo probamos. Poner discos a todo volumen no ayuda mucho.

primero macri, despues fibertel, ahora mi auto


Suena el teléfono. Voz de sujeto con tono soy-tan-canchero:
–Hola! Sabés quién soy? Soy tu auto! Y te llamo para contarte que ya me podés pasar a buscar por cualquiera de las concesionarias Volkswagen del país con el nuevo plan...
Corto. Tengo el breve impulso de ir y mirar por la ventana. Mi Golcito sigue ahí y no está llamándome. Y yo estoy seguro de que no me voy a comprar otro auto en el corto plazo y menos uno que me llame por teléfono.
Y, entonces –otro breve impulso–, me pregunto: ¿tan mal le están haciendo las drogas a la nueva generación de creativos publicitarios?

bad karma

Llueve. Miro por la ventana. Miro los jardines.
Todas las flores están rojas, llenas, lindas, por todos lados.
Menos las de los vecinos de abajo.

hay anas


Hay flequillos, hay osos, hay bobdylans, hay newyorks, hay puentes, hay árboles, hay niñas, hay niños, hay juegos, hay alicias en wonderland, hay espejos, hay nubes, hay canciones, hay colores, hay anas.

(Ana tiene nuevo site!)

teoria del diseño


Acá tenemos un perfecto ejemplo de lo que, en señalética, llamamos un sistema flexible de carteles.

la seleccion de todos


Lo juro: nunca, nunca, jamás, jamás de los jamases, never in the life, me imaginé que iba a estar parado arriba de una platea gritando "Paleeeermo, Paleeeermo, Paleee...!"

saturday night fever


Recién termino de leer Fiebre en las gradas. Léanlo si les gusta el fútbol o si quieren entender a los que nos gusta el fútbol o si quieren terminar de convencerse de que no tenemos remedio: está muy bueno.
Leí el libro y volví a pensar y ver y sentir qué es ser un hincha y disfrutar/sufrir los partidos y que las semanas tengan un antes y un después de ese partido –justo un día, unas horas, antes de EL partido, justo cuando, después de muchísimo tiempo, volvemos a estar nerviosos en serio por un partido de la selección.

generacion wi-fi

Cola del supermercado. Caja rápida, máximo quince unidades. Mientras, por sobre mi hombro, una vieja trata de verificar si tengo más de los quince artículos, adelante, dos pibes hablan de una tal Verónica:
–¿Y? ¿Está buena?
–¡No la toco ni con un láser!
En mi época, las cosas feas se tocaban con un palo. Y láser usaban Han Solo y Chewbacca para despacharse stormtroopers. Había que animarse a enfrentarse a los stormtroopers y había que animarse a acercarse a las cosas feas.
Aunque sea con un palo.

a guardar, a guardar, cada cosa en su lugar


Cuando uno sopla las velitas, tendría que guardarse un deseo: poder hacer en el año alguna de las cosas que se puso en la lista-de-cosas-por-hacer-este-año.
Este año, después de prometerlo muchas veces, ordenar la biblioteca entró en los primeros puestos de la lista de hits.
Así que ahí, ya, se viene.
Pero va a ser una vez que sepa qué orden darle –¿por autor? ¿por colección? ¿por tema? ¿por color?– y cuando haga algún sistema para que Ana pueda encontrar los libros –cosa que no pasa con los discos: me di cuenta que el orden que tienen ahora es bastante incomprensible, por lo que ahora, ya, agrego a la lista-de-cosas-por-hacer-este-año: ordenar de nuevo los discos.
Sí, este año lo hago, te lo prometo.

dale rojo


Estoy leyendo Fiebre en las gradas, de Nick Hornby. Una muy buena novela, un muy divertido libro sobre fútbol, sobre ser hincha de un equipo, sobre una relación casi obsesiva con el fútbol y los jugadores y el equipo –primera línea: "Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar para nada en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo"–.
Y, esta semana, cuando faltan pocos días para saber si el Mundial es o no es para nosotros, estos días cuando el fútbol es, de alguna manera, el centro de muchas cosas, aquellos dolores y sobresaltos de los que hablaba Hornby, quedaron un poco de lado y miro por acá y, sí, ahí está, encuentro a este último sobreviviente de esos once muñecos que me regalaron cuando nací o cuando cumplí un año y le sonrío: qué linda es la semana cuando ganamos.

recitales eran los de antes

Depeche Mode, Pet Shop Boys. ¿Quién más? ¿A-Ha? ¿Tears for Fears? ¿Erasure? ¿Wham!? Mejor idea, ¿por qué no conseguimos al Doc Brown y a Marty McFly y llevamos este Personal Fest a algún momento allá por el 87, 88, y todos contentos?
Basta –lo sabemos, estuvimos ahí–: los 80s fueron un desastre!

fab


Es algo lindo encontrarse con estas cosas por la calle, hoy, todavía. Y leer que los discos acaparan –¿estamos en 1964?– las listas de discos vendidos. Y leer que se vuelve a hablar de listas de discos vendidos y no de canciones downloaded. Y volver a buscar mi Help!, mi Rubber Soul, mi Abbey Road, mi Revolver, mi With the Beatles. Remasterizados o no, siguen sonando geniales, siguen siendo el big bang de todo y ahí, en trece discos y ocho años, está toda la historia, están los cambios, las revoluciones, lo nuevo y lo viejo, están los sesenta, lo que vino antes y lo que estaba por venir y lo que está hoy por venir. Todo. Un día en la vida, un ayer y un mañana que nunca sabe, aquí, allá, en todas partes. Todo eso o solamente cuatro tipos tocando como nunca otros –ni ellos mismos– iban a tocar. Todo, yeah, yeah, yeah.

letrasflores


Cada tanto, está bueno volver a conectarse con las letras –así, letras: letras solas, letras puras, letras como letras, letras como trazos, letras como objetos, letras como flores.

(Muestra de caligrafía de Betina Naab, en la Galería de Arte de la UCES, en Paraguay 1318, hasta el 2 de octubre)

english breakfast


Ayer, martes –llovizna, discos, el Mersey, Rockferry, frío, los Beatles en posters en la calle y en tapas de revistas, Liverpool, caminata por los docks, libro, Hornby, Londres, el Arsenal, viento, cuello del abrigo levantado, primavera muy british.
Hoy, miércoles –cama, frazadas, dolor de garganta, tos, té caliente, miel.

faalaaafellll


El plan, decidimos, es éste: el día de nuestros cumpleaños terminamos con mil planes y cosas para hacer, así que nos reservamos la cena de la noche anterior y nos preparamos el plato que el cumpleañero elija –y, sí, este año me tocó falafel casero en pan árabe y una rica cerveza checa.
Aaaahhh!
Es como tener, cada año, un deseo extra, un bonus track de deseos.

cuando te regalan un reloj, no te estan regalando un reloj


Ana me regaló estos anteojos –y este dibujito– y el sábado, obvio, salió el sol. Igual, aunque hubiese seguido lloviendo, salía con los anteojos puestos, desde ya, porque cuando te regalan unos anteojos, no te están regalando unos anteojos, te están regalando que salga el sol.

el lado a


Hace unos días, salió la caja con las nuevas ediciones de todos los discos de los Beatles. Obvio, deben estar buenísimos, el sonido debe ser impecable y debe estar, casi seguro, muy cerca de lo que sonaban en los estudios de Abbey Road, me gustaría tenerlos y demás.
Pero, llámenme nostálgico-snob-cabezadura-cavernícola, sigo prefiriendo el viejo disco 33 de Help!, todavía con los garabatos que le autografié a los dos años y con la cinta scotch que mi mamá le puso cuando se dio cuenta de que la tapa de cartón estaba demasiado en mis manos mientras escuchaba sin parar –y otra vez y otra vez– el lado A.

pd: y, Ma, si estás buscando el disco por algún rincón, no te preocupes, no se perdió, lo tengo yo acá.

goodbye ruby tuesday (las semanas terminan los martes)


Cuando el teléfono suena a las tres de la mañana, a mitad de la noche, no hay nadie en la línea. Cuelgo. Y ya no puedo volver a dormir. Corro las cortinas, las que ella compró alguna vez, y abro la ventana. Afuera, espejos y luces llenan de puntos la ciudad todavía oscura. Afuera, lejanos sonidos de autos, sirenas, esquinas vacías. ¿Qué esperabas? ¿Realmente esperabas algo distinto?
El teléfono me despierta y no puedo volver a dormir. Ya es martes. Otra noche así.
Abro la ventana y dejo que algo del aire fresco de Barrow Street entre en la habitación. No hace frío, pero debe ser porque no corre mucho aire. Todo parece quieto aquí. Estoy cansado, aunque hace días, creo, que no hago nada. Y eso es más agotador que cualquier otra cosa. Me tiro en la cama, los ojos fijos en el techo. Los cierro, los abro. El techo, ahí arriba. Los ojos abiertos. Silencio. Aunque los silencios no son silencios en esta ciudad.
Podría dormir hasta que termine septiembre.
Doy vueltas en la cama. Trato de dormir pero sólo es un espejismo de dormir, una inútil mímica del sueño —cerrar los ojos, soltar el cuerpo, una pensada regularidad de la respiración, no pensar, rendirse— pensar en algo sin pensar. Imposible, lo sé. Los ojos fijos en el techo.
Y, entonces, estoy dando vueltas por la habitación.
Otra vez.

(seguí leyendo acá)

(Este cuento lo escribí hace años, tres, cuatro. Tiene el mismo nombre que después le puse al blog y que antes tenía, en una muestra que hice, la foto de arriba. Hoy lo volví a leer. Y lo subí, porque es hoy y porque me sigue gustando que hable de los martes, de las calles que me gustan y que haya frases sacadas de los Sonic Youth por ahí escondidas).

one record a day


Hace un tiempo, hice el ejercicio de contar, cada día, qué música estábamos escuchando acá o donde estuviésemos. La cosa pasaba por elegir un disco por día. Un disco, sin repetir y sin soplar.
Creo que seguí con eso, puntualmente, poco más de cuarenta días o algo así. Lo que no quiere decir que hayamos dejado de pasar discos y sí quiere decir, probablemente, ya me conocen, que soy un poco vago.
Pero voy a empezar de nuevo, aunque no prometo ser tan puntual. Y no por colgarme, sino porque me pasa –siempre me pasa, en realidad– que hay discos que empiezan a sonar y después empiezan a quedarse días y días ahí sin que nadie quiera cambiarlos.

pd: los discos de aquellas seis o siete semanas (y los que agregue desde hoy), están recopilados, acá, en One record a day, el blog..
Pasen, lean y, después, pasen a disfrutar los discos.

b.d.


Coinicidencias. ¿Coincidencias? En el planeta Dylan no hay tal cosa. Hace días que tenemos fijo en el equipo el último disco, Together through life, y por todas partes, ahora, noticias de Bob Dylan.
Primero, que lo arresta en New Jersey una mujer policía, que no lo reconoce, porque denunciaron que por el barrio había merodeando "un viejo desprolijo y de conducta sospechosa" o algo así.
Después, que está negociando para poner su voz en un sistema de GPS –"you don't need a weather man to know which way the wind blows"– y supongo que no importa perderse si el que dice para-acá-para-allá es Bob Dylan.
Y, al final, que está por sacar otro disco.
Un disco de clásicos navideños.
Jingle bells, babe.

transito pesado

Lo decía un personaje de un cuento que nunca terminé de escribir. Y hoy, yendo a una imprenta en Parque Patricios y cruzando las avenidas de la ciudad rodeado de carriles exclusivos, me acordé: los viernes de lluvia, en esta ciudad, le dan una excusa a la gente para estar más pelotudos.

hablando de covers

Y entonces estoy con ganas de escuchar covers.
Hay algo de juego, algo de complicidad, de secreto –el músico y nosotros sabemos de qué se trata esa canción–, algo de decir "de acá vengo", algo de puente. Porque si las canciones son viajes, hay canciones que son puentes. Para ir –o volver, porque los puentes se cruzan para los dos lados– a otras canciones. Y los covers son algo así: una forma de seguir y pasar a otro lado y seguir viajando.
Y entonces, esto de usar las words & lyrics de otros para decir lo que sentimos. Y usar esa música es, así, un guiño que el músico nos hace, es usar esa canción como puente, es ir compartiendo la misma ruta.
Porque yo le creo a Cat Power cuando canta At the dark end of the street y le creo a Tori Amos cuando elige, de todo lo que hay para elegir de Lou Reed, la inquietante New Age.
Y, entonces, pienso en los covers que me gustan y, como me gusta hacer listas –thanks, Rob Gordon–, empiezo con Words of love –los Beatles adorando a Buddy Holly– o Pale blue eyes –REM y "la" canción de amor de la Velvet Underground–, o la versión de los White Stripes de I just don't know what to do with myself. Y sigo: Patti Smith y su clásico Gloria, que es más de ella ya que de Van Morrison –y con "Jesus murió por los pecados de alguien, pero no por los míos", que debe ser la mejor primera línea de una canción y de un disco y de una carrera–, el Bowie del Kurt Cobain casi final y unplugged –The man who sold the world–, y House of the rising sun –otra vez, y ahora por los Animals–. Sigo. Salgo de You've got that loving feeling y el Elvis de vuelta de todo, paso por los Sonic Youth haciendo una casi perdida I'm not there de Dylan –porque todos los caminos conducen a Dylan–, y termino en Jersey Girl, que a esta altura no sé si es de Springsteen o Tom Waits.
Muchas canciones. Muchos puentes. A otras canciones, a muchos otros viajes. Y a veces está bueno ir de copiloto o ir de la mano de una de esas canciones de otros. El que maneja es Dylan, nos dedicamos a ver pasar el paisaje, nos echamos hacia atrás, el viento entra por la ventanilla.
Y, sí, lo disfrutamos.

one we all know

Un viernes, en Despacio Martínez. Muestra, risotto, vino, un sujeto tocando. Diálogo al final:
C: Medio malo, ¿no?
Yo: Y... sí.
C: Y no terminaba más.
Yo: A la cuarta canción tendría que haberse dado cuenta...
C: ¿Y?
Yo: ... y tocaba un cover. Siempre ayuda un cover.

radio random

Auto, noche, volviendo, Figueroa Alcorta, radio. Y Wish you were here, y Love of my life, guitarras, lindos recuerdos, lindos momentos, y Uno, dos, ultraviolento y el volúmen arriba, ventanilla baja, y está bueno ir gritando por ahí y riendo: y ahora qué pasa, eh?

sonics

Acabo de escuchar Antenna, del último de Sonic Youth, y es –ya, a esta altura– la mejor canción del año.

churro bold


Aunque, a veces, el diseño horrible es tan, tan bonito.

lo bueno y lo feo


Afiches en la calle. No son lindos –¿cuánto hace que no hay afiches lindos en Buenos Aires, eh?–, pero usaron la misma foto que puse acá abajo. Ah, y escribieron mal el nombre. Igual, vamos a ir.

jazz en all-stars


Leo que vuelve a tocar en Buenos Aires, en septiembre. Y entonces salgo con el auto y agarro el Art of the Trio II –el primero de sus discos que compré– y voy escuchándolo mientras manejo por la Costanera y llueve y ahí está Moon River y entonces es Holly Golightly y son las ventanas de Manhattan y es, entonces, un viaje y viajo a NY, viajo al primer viaje a NY, y desde ahí –de NY y de ese disco– a los otros discos, a House on Hill, a Places, a Progression, al último en el Village Vanguard, a los Beatles, Radiohead, Miles, Thelonious, Drake, Gershwin, Chaplin, a Monk's Dream, a Sehnsucht, a 29 Palms, a August Ending, a How long has this been going on, a Blackbird, a Paranoid Android, a Smile, a Buddha Realm. Y a la sublime Exit Music (for a film) que está en dos de sus discos, está en una escena lindísima de una peli sueca o noruega que no recuerdo, y que debe, ya, estar en la cabeza de Thom Yorke, que se pregunta ¿esa versión no es mejor que la mía?, sonríe su cara torcida, y dice aaahhh.

(Brad Mehldau, en el Gran Rex, el 8 de septiembre. Yeah.)

partes

Creo que el único libro que tenemos repetido en nuestra biblioteca es Frankenstein.
Supongo que toda biblioteca es, de alguna forma, un frankenstein –una criatura.

¿que estas leyendo?


Si cuando termino un libro, no sé cuál leer después, me pasa esto de ahora, esto de estar parado frente a la parte de la biblioteca donde están los libros que no leí –están ahí por inercia, no por un orden diseñado– sin poder elegir alguno. Y puedo estar así días –semanas!
Sí, tiene que ser cuando termino un libro, ahí, recién, con las páginas-cadáver todavía calientes y las ganas de que el libro se termine todavía luchando con las ganas de seguir disfrutándolo.
Estoy en uno de esos días.
Miro y esos libros todavía son sólo nombres, tapas, títulos, colores, Times New Roman, partes de la biblioteca desordenada. Todavía no son historias, todavía no son páginas, todavía no somos nada, todavía no son parte del camino a otro libro después.

gracias, mexico


Anoche. Comemos mole, cochinita, chilaquiles. Me acuerdo de una vez que nos enchilamos con Diego comiendo chiles rellenos. Y me acuerdo de una foto de un cartel en el Palacio de Gobierno, en el DF.

Česky


Una vez quise aprender checo. Sí, ok, recién había vuelto de un viaje a Praga y la ciudad es especial. Pero también me había gustado el idioma y, sobre todo, me gustaba –me encantaba– cómo se veía en los carteles.